Religión

13/Sep/2010

El País, Leonardo Guzmán

Religión

Editorial
Religión
Leonardo Guzmán
La ONU, el Vaticano, el judaísmo, el Islam, la Casa Blanca, la Unión Europea y el sentido común han pedido a un tal Terry Jones, sedicente pastor en Florida de una minúscula secta, que cancele su proyecto de quemar públicamente ejemplares del Corán.
Si lo hace, será un ejemplo más de resurrección del fanatismo: en Guyana, en 1978, Jim Jones indujo al suicidio colectivo a 900 extraviados que aceptaron beber limonada con cianuro. A Salman Rushdie, por escribir sus Versos Satánicos, un tribunal ayatolesco lo condenó a morir donde se lo hallase -con lo cual lo obligó a vivir en fuga infernal. En lugares diversos sucesivos anónimos han muerto asesinando, movidos, igual que los que armaba la Inquisición, por la diabólica certeza de cumplir deberes divinos.
Todo eso sería un cuadro de horrores sólo individuales, si tras las mentes fanáticas no asomaran Estados -y grupos alucinados más fuertes que los Estados-, que ofenden al siglo XXI instalando confrontaciones y guerras en nombre de la religión. Cuando vemos esto, ¡có-mo no sentir orgullo de la convivencia nacional entre creyentes y no creyentes, edificada a partir de la filosofía laica que inspiró la separación de la Iglesia y el Estado! En estas horas, vive el judaísmo su Año Nuevo: todos se lo respetamos y le deseamos bienaventuranza, seguros de que el modo de contar los siglos no nos separa del pueblo que, desde el desierto y en la desesperación, le dio a la humanidad los Diez Mandamientos.
El cristianismo se expresa con absoluta libertad, a través de las corrientes tradicionales -catolicismo y protestantismo- que en nuestro suelo germinaron en ejemplos de respeto, trabajo conjunto y pulcritud reflejada en las veredas de Nueva Helvecia y Colonia Valdense.
Hay musulmanes, hay budistas. Hay ateos absolutos; hay agnósticos más o menos relativos. Y sobre todo, hay creyentes sueltos, que en conciencia dialogan con lo Eterno, leen la Biblia, aprenden de los grandes místicos, y, sin ritos, buscan por sí mismos.
Todos convivimos. En la discrepancia espontánea, nuestro hombre común hace la misma tarea de respeto y libertad que, con ciencia, libros y meditación, contrapuso a Russell ateo con su compañero Whitehead deísta; y opone hoy a un Haw-king que proclama que no hay Dios con un Davies que se interna en «La mente de Dios» desde su reflexión físico-matemática.
Por todo eso, merece atención que el Presidente Mujica, al recibir su premio sionista, reconociera el valor de «las religiones profundas» y declarase profesar «la adoración a la naturaleza» y sentir que su «nueva religión» es «que el hombre salga del camino de las armas y la guerra».
Es que aun si la religión es explotada por negociantes que vociferan festivales de milagros, aun si el catolicismo se sacude por escándalos sexuales y financieros, por encima de lo institucional es tiempo de rescatar el diálogo espiritual sobre lo permanente y construir el respeto ante lo Superior desde la religión de la libertad, profundizando juntos en el ejemplo uruguayo de cordura, en un mundo que a ojos vistas se enloquece.